Freedom Song

En casa tengo un espejo el cual de vez en cuando miro y veo a una mujer que me dice: ¡Ey, tía! El tiempo pasa, ¿a qué esperas?. Mira: ya tienes canas y unas ojeras horribles. ¿Estas gastando bien esas canas? ¿Esas ojeras son de dar tanto de sí la mirada haciendo cosas que valen la pena?. Y me giro  por si esa mujer está diciéndole eso a alguien que pasa detrás de mí.

Quisiera romper ese espejo, hacerlo trizas. No querer verse tal como eres. Lo que se refleja en el cristal es más hermoso de lo que la mente percibe solo que entre medias hay filtros que distorsionan el verdadero reflejo, el filtro de los traumas, los temores, las inseguridades. Qué fácil es poner hoy en día un filtro-Instagram en tus fotos y lo bonitas y resultonas que quedan. Pero las canas y las ojeras sabes que ahí están. Y los miedos y temores también. La mujer del espejo vuelve a mirar amenazante.

Cogeré mi coche y conduciré. Y andaré muchos kilómetros en soledad, viendo el azul del cielo en contraste con tostados campos secanos. Saltará en la radio una canción que no esperaba y me hará cantar, con el codo apoyado en la ventanilla bajada dejando entrar el aire que hará bailar al atrapasueños del espejo retrovisor. Entonces me miraré en ese espejo retrovisor y veré a otra mujer distinta, que con los ojos brillantes me dirá: ¡Ey tia.. Qué bien te veo!.

Pequeña niña triste

 

De ilusiones, así va una viviendo. El tiempo pasa pero sigo sintiéndome como una niña atrapada en el cuerpo de un adulto. Siempre viviendo en las trincheras, en la zona entre lo que quiero y debo hacer. Dando saltitos de uno a otro lado, una veces feliz persiguiendo sueños y otras derrotada dejándolos marchar.

Los que somos extremadamente sensibles igual nos encendemos con una chispa como acabamos deshechos en cenizas.  Subir al cielo, darse revolcones con las nubes es algo maravilloso que pasa rápido sin ser consciente de que las nubes en algún momento se deshacen y desaparecen dejándote caer. Entonces te estrellas y haces añicos. Como cuando se rompe una copa, pasan días hasta que se recoge el último cristalito que ha ido a parar al último rincón.

La niña que hay dentro de éste cuerpo adulto quiere seguir jugando inocentemente sin que nada ni nadie le haga dejar de creer que es libre de hacer aquello que le gusta y le hace sentirse bien. Aunque a veces se quede sola, sus sueños se desvanezcan y tenga miedo todavía es capaz de ir a un rinconcito donde sentarse y hacerse un ovillo. Y mirar sus pequeñas manos y contar sus deditos una y otra vez hasta quedarse dormida y volver a empezar de nuevo.

El paso del tiempo confabulado con ese cuerpo adulto querrán cada vez más y más comerse a la niña, esa niña que sólo será salvada si es capaz de salir de las trincheras y terminar en el lado donde los sueños que perseguía se hacen realidad.

Tu mano en mí

Activa primero el vídeo y escucha durante unos segundos. Después lee….

Llevo muchos días que quiero escribir, pero no encontraba una canción adecuada que encabezara esta entrada del blog. Hoy no he podido esperar más y tengo que vomitar todo lo que regurgita entre el estómago y el pecho. Algo de Explosions in the sky, se me ha ocurrido, puede que le vaya bien. Quizá haya contribuido en algo el que recientemente me haya visto tres películas biográficas documentales que me han entristecido por un lado pero por otro me han provocado reflexiones con las que me he sentido muy identificada.  Janis Joplin, Amy Winehouse y Kurt Cobain, extremadamente sensibles, frágiles, incomprendidos. La música era la balsa sobre la que flotaban por esta vida. Se sentían desplazados, insatisfechos. La música les hacía olvidarse de lo que eran y los convertía en un géiser por el que expulsar toda la rabia contenida. Era lo que les hacía sentirse liberados. En sus casos ese chorretón de energía desmedida les llevó a lo más alto pero a su vez les llevó también a esos estados de los que ya es imposible retornar.

A las personas sensibles nos cuesta aceptar la normalidad. Las normas nos resquebrajan, nos hacen plantearnos la vida en el lado del sufrimiento desde el momento en el que no las aceptamos porque pasamos al bando de los diferentes. Y en esta sociedad lo diferente es rechazado. Piensas mil veces que hay que tirar del carro, pero de repente un día te das cuenta de que es el carro el que está tirando de ti y te sientes cansada. Estás muy cansada. Querrías que las cosas te importasen un pimiento y hasta lo intentas, volverte una egoísta. Dejar que el tiempo pase y permanecer inmóvil e insensible. Hacer lo que hacen los demás, entrar en la rueda de aparentar que eres feliz sin serlo. Pero no, en lugar de eso te sientes deprimida, todo te molesta. Incluso hasta te caes mal a ti misma llegando a olvidar el amor propio, cargando con la culpabilidad de que todo eso que sientes, todo eso que te duele por dentro no eres capaz de expulsarlo transformado en algo que te haga sentir bien y que los demás acepten y entiendan.

Cierro los ojos y me pongo a cantar. Siento la energía dando golpecitos dentro de mí. Quiere salir explotando, pero lo tengo que controlar y aprieto el abdomen. Si no sólo saldrían gritos incomprensibles que a veces dejaría sueltos, rebotando contra las paredes, atravesando el aire. ¿Dónde irían a parar mis gritos?. Quizá nunca llegaran a ningún lugar y se mantendrían ahí vibrando por la eternidad. En su lugar canto, me sale algún que otro quejido y aprieto todo el cuerpo. Y cierro los ojos. Me gusta cerrar los ojos e imaginarme que me agarro a mi voz y salgo disparada volando junto a ella a esos lugares que mi imaginación recrea. A esos lugares donde me siento liviana, ligera, sin cargas. A esos lugares donde no importa de donde vengas ni como seas porque todo, absolutamente todo está en armonía con lo demás. Ahí es donde me gusta estar.

A las personas sensibles nos cuesta la normalidad.

En el rechazo (On the turning away – Pink Floyd)

En cualquier conflicto o guerra que ha habido, hay y habrá en este mundo personas indefensas y débiles: las mujeres, los ancianos y sobre todo los niños. No me entra en la cabeza, que las cabezas gobernantes que son las que tienen que trabajar para protegernos a todos sean incapaces de solucionar problemas humanitarios. Por mucho que quieran hacernos creer que no pueden sabemos que no quieren. Monstruos son aquellos que asesinan o cometen actos que se llevan por delante lo que sea, países, vidas humanas… pero más monstruosidad es la de aquellos que contemplan sin hacer nada desde sus sillones, o lo que es mucho peor: su consentimiento a sabiendas.

La humanidad siempre tuvo su sector de “deshumanos” en todas las épocas. El hombre debería evolucionar en todo, no solo tecnológicamente. Pero no es así, la ambición, el ansia por el poder, el egoísmo, la soberbia, la indiferencia y la apatía embriagan a cualquier persona, sea de donde sea.

Hoy que tantos medios tenemos visuales al alcance de la mano todos vemos escenas terroríficas: miles de personas inocentes muriendo de hambre, asesinados o ahogados en el mar. Gente que lo único que quiere es lo mismo que todos los demás: vivir. Pero parece que el derecho a la vida lo otorga primero, el destino, dependiendo del lugar del planeta donde te toque nacer. Y segundo, que el resto de la humanidad te lo permita.

Muchos prefieren no ver lo que sucede, dicen que para no sufrir. Todos podemos en mayor o menor grado hacer algo, aplicar la solidaridad y la cooperación de muchas y diferentes maneras en el día a día. Empecemos por concienciarnos que aquí en este granito de arena del universo que es éste planeta convivimos en un ecosistema con plantas, animales, atmósfera, mares,.. y millones de personas. Huir de los prejuicios y centrarnos en lo básico de cada uno de nosotros: todos aparecemos aquí de la misma manera, dándonos vida. Demos vida en lugar de quitarla y quizá algún día ésta humanidad pueda dar un giro esperanzador.

He querido acompañar mis letras con el tema On the turning away de Pink Floyd que trata el problema de la pobreza y la opresión retratando el sufrimiento de la gente como un gran problema del mundo actual.

“En el rechazo del pálido y pisoteado y las palabras que dicen, las cuales no entendemos. No aceptamos lo que está pasando. Es solo un caso de otros sufriendo o encontrarás que te estás uniendo al rechazo. Es un pecado que de alguna manera la luz esté cambiando hacia las sombras y arrojando su manto hacia todo lo que hemos conocido, ignorando cómo las categorías han aumentado. Empujados por un corazón de piedra podríamos encontrar que estamos solos en el sueño del soberbio.

En las alas de la noche mientras el día conmueve, donde la falta de palabras se unen en un acuerdo silencioso encontrarás que es raro usar palabras. Fascinados mientras encienden la llama siente el nuevo viento de cambio en las alas de la noche. No más rechazo de el débil y el cansado. No más rechazo de la frialdad interior solo un mundo que todos debemos compartir. No es suficiente solo quedarse a mirar. ¿Es solo un sueño que ya no habrá más rechazo?.”

Puentes sobre aguas turbulentas

Sumergirse y salir a flote constantemente de aguas turbulentas. La mente no se alivia porque no deja de dar vueltas en remolinos que llevan siempre al mismo sitio. Y girar y girar, ir hacia el fondo. El pelo se enreda en el cuello y ahoga. Cuando ya no queda aire se estiran los brazos para nadar y salir de la espiral que tira con fuerza. Volver al mismo sitio: al borde.

Es fácil desorientarse, es fácil tirarse al agua y dejarse tragar por remolinos cuando se está cansado. Quizá se busca algo o alguien que te lleve donde quieras y esa es la excusa por lo que nunca se conseguirá. La mayoría de las veces, lo que se busca, fuera no existe. Lo que más se desea está dentro de cada uno pero no quiere salir por los miedos.

La furia del agua hipnotiza e impide ver el esplendor de las estrellas. Todos tenemos una estrella interior que se ilumina con sueños. Para llegar a ella hay que construir un puente, uno alto y fuerte que no sea derribado por las aguas turbulentas que vienen y van. Y cuanto más se trabaje en él, más y más cerca estará esa estrella que un día habrá conseguido hacer olvidar los miedos internos.

Entonces, cuando se llega al núcleo de la estrella, se es lo que se quiere ser: uno mismo.

Desde el puente el agua ya no es tan turbulenta.

Corriendo como el viento

Cómo saber dónde estaré mañana. Cada día puede ser una pequeña o gran sorpresa. No corren buenos tiempos para la certeza y sí para sentirse con los pies en arenas movedizas. Me siento en cambio constante conmigo misma, como si fuera en una montaña rusa sin rumbo, con las ruedas del carrito girando locamente y mis entrañas subiendo y bajando desde los pies hasta la coronilla.

Quisiera sentirme libre y correr como el viento. A él no le frena nada simplemente se mueve por el espacio a veces suavemente y otras con furia. Y correr sobre el mar, entre los campos de cereales, atravesar los bosques y colarme por los resquicios de las ventanas que se quedan abiertas. Y cuando quiera pararme para después volver a correr.

Últimamente no sueño estas cosas, sueño con casas. Sí, siempre estoy caminando hacia algún lugar donde siempre termino metiéndome en alguna casa. Casas de distintas formas, estilos y en diferentes lugares, pero siempre me meto en una casa. Es como si mi subconsciente me dijera: Ey, mira! No haces más que encerrarte en tí misma. Después mi consciencia me dice: Quizás deberías dejarte llevar más. Qué más da que tu casa tenga solo dos habitaciones: tira las paredes, llénate de aire y déjate volar como el viento.

Las barricadas del cielo

La vida a veces nos pone a prueba y nos planta de repente situaciones que tenemos que superar porque no nos queda más remedio. Muchos nos hemos tenido que curtir a base de encontrar las soluciones por nosotros mismos y pelear y pelear y luchar por intentar ser felices. ¿Qué sentido tendría la vida si no es para disfrutar lo que podamos el tiempo que estemos aquí?.

Aunque nos cueste aceptarlo, las cosas buenas no las apreciaríamos de verdad sin antes no haber superado el polo opuesto. La vida de color rosa generalmente solo está pintada para pocos afortunados que cayeron en la paleta de la suerte y ésta tocó con un pincel sobre ellos. Los demás somos manchurrones de pintura difuminados en un lienzo abstracto, mezclados unos con otros, entrelazando las relaciones humanas dentro de las cuales hay historias de lo más increíbles.

Soy un machurrón en el lienzo y de nuevo tengo que superar las pruebas que la vida, caprichosa ella, de nuevo volvió a tapiar el camino de baldosas amarillas. Pero aún hay fuerzas ¡porque no nos queda otra! Ojalá cuando tuviéramos miedo pudiéramos pulsar el botón de “regreso a los tiempos de la inocencia”, aquella época en la que todo era nuevo, el futuro no existía, era el ya, el ahora. Cuando nos queríamos comer el mundo ilusionados, con el brillo inapagable en nuestros ojos. Aquellos tiempos en que cogía una guitarra desafinada y tocaba horas y horas día tras otro creando un cayo en mis dedos, cayo que desapareció con el paso del tiempo a la vez que esa bonita inocencia.

Seguiremos pasando página y arrancando aquellas que no quisiéramos volver a leer. En el fondo sabemos que en el cielo hay barricadas y allí nos juntaremos unos cuantos que alguna vez nos sentimos solos pero nunca nos rendimos.